El alba no ha despuntado todavía y todos en el apartamento están ya despiertos. Los mayores protestan por la algarabía de los pequeños, las mujeres apremian a los más holgazanes, a la vez que quitan colchones y mantas del suelo. No es una vivienda pequeña, pero tres familias y sus mayores no viven holgados allí.
Una vez que los colchones están fuera del comedor, montan un tablero sobre unos caballetes y desayunan en dos turnos.
Juan se sienta a la mesa, después llega su hijo Carlos, de 14 años, y los pequeños Arturo de 9 años y Luisa de 5 años. Su esposa Teresa pone el desayuno y la abuela Victoria ayuda o estorba, según qué tareas.
En la otra punta de la mesa, su primo Antonio y su mujer Claudia ya están desayunando. Su hijo Pedro Antonio, de 19 años, no está allí esta mañana.
La tercera familia está compuesta por Pepe (hermano menor de Antonio), su mujer Iris y los padres de Iris, que aún siendo mayores y extranjeros, ambos trabajan. Mientras las familias de Juan y de Antonio están en la mesa, ellos se asean en unas palanganas en otra habitación.
Esa mañana la casa está fría y Antonio lleva puesta un gorro de lana. Tiene el pelo muy corto, como Juan. Se rasuran la cabeza una vez por semana. Las mujeres tienen el pelo más largo, pero no más de tres dedos.
Teresa reparte tazas de agua templada a los niños, infusiones de hojas de menta a los adultos y tortas de pan. En las tazas de los niños pone cucharadas de unos polvos nutritivos. Después reparte unos suplementos vitamínicos en comprimidos. Se untan manteca en las crujientes tortas y desayunan con apetito.
La abuela Victoria, bastante mayor ya, no para de protestar. Que si las tortas son demasiado crujientes para sus pocos dientes, que está cansada de comer tortas de algas, que el pan de trigo sí que era pan, que en su juventud había buen pan de cereales de verdad, que el agua desalada sabe a medicinas, que aquella triste infusión de hojas es una guarrería, que ni siquiera tienen azúcar para echarle, que dónde se podrá conseguir un buen té o un buen café, que de todas formas para hacer te con agua tibia, que es otra guarrería y mejor no hacerlo, y que esos polvos que toman los niños, ni son leche ni son nada, que cuando ella era niña tomaba leche todos los días …
Los demás aguantan esta retahíla, hasta que Antonio pierde la paciencia y el respeto, y la manda callar con malos modos.
Hace años que se alimentan de esa forma. Los jóvenes no echan de menos otros manjares porque apenas los recuerdan, si es que alguna vez los han probado. Ya no hay pan de trigo. Los cereales son escasos por la sequía. Hay sorgo y verduras, pero no son baratas. Los productos marinos, como las algas, se han convertido en la base de la alimentación.
El agua dulce es escasa y tienen que conformarse en casa con agua desalada. Tampoco hay distribución de agua por las conducciones públicas en esa parte de la ciudad. Las tuberías enterradas en las calles tenían muchas fugas y era un desperdicio inadmisible transportar así el agua. Sólo se han reparado las conducciones en algunas zonas residenciales de la ciudad. Tienen suerte, porque en su edificio hay aljibes de agua que llenan a diario unos aguadores, por lo que no tienen que comprar el agua en el mercado, como otras familias.
Casi nunca hierven agua. La electricidad es cara y sólo cocinan con horno microondas. En ocasiones especiales cocinan con leña. El edificio tiene paneles solares para calentar el agua, por lo que disponen de agua tibia la mayor parte del año.
El frigorífico es el electrodoméstico que más electricidad gasta en la vivienda. Las mujeres lo organizan y aprovisionan, porque los hombres son más torpes y lo dejan abierto demasiado tiempo, perdiendo el frío.
Sólo pueden permitirse comprar leche una vez por semana. Aunque las vacas de esta época tampoco pastan en verdes prados bajo el sol, Juan lo sabe bien, que conoce a los ganaderos de la zona. Desconfía de la leche que compran los sábados, pero desconfía más de los polvos “nutritivos” que sus hijos desayunan todos los días.
Juan mira a Antonio algo molesto, mordiéndose los labios. La abuela Victoria es un incordio, pero no está bien perderle el respeto. Juan y Antonio se entienden bien y los roces son comprensibles, conviviendo tantas personas en un espacio reducido, pero Victoria siempre se humilla ante Antonio y ha convencido a Juan a hacer lo mismo.
La vivienda que ocupan es un amplio apartamento, en el tercer piso de un bloque de cinco pisos. Amplio para una familia, pero insuficiente para tres. Los padres de Antonio la compraron después de casarse y allí tuvieron a sus hijos.
Cuando Juan era aún un niño, vivía en Madrid, con sus padres. En esa época escaseaba la comida. La sequía hacía estragos y llevar alimentos a la capital era carísimo, porque el combustible barato se acababa. Eran dolorosos recuerdos. El padre de Juan perdió su trabajo. Cambió su carácter, estaba siempre nervioso y despotricando contra el Gobierno. Más de una vez llegó a casa con un morado, a veces lo buscó en una pelea, otras veces lo ganó en una manifestación disuelta por la policía.
Gracias a los recursos del mar, las ciudades costeras sufrían menos. Como muchos otros, ellos decidieron emigrar. La hermana del padre de Juan vivía en la costa, y les abrió las puertas de su casa.
Juan siempre se sintió bien acogido en casa de sus tíos y se divertía con sus primos. Su presencia no fue tolerada, sino bienvenida en aquellos tiempos difíciles. Pero Victoria siempre se sintió incómoda, que no era su casa, que vivían de prestado.
A veces Juan recuerda aquel piso vacío en Madrid. Sueña que vuelve a la gran ciudad. En el sueño las calles están vacías, pero ordenadas y limpias. Cruza la calle sin coches, entra en el edificio vacío, sube al ascensor y en el piso séptimo encuentra el hogar de su infancia. La tele encendida, macetas y flores que su madre ha distribuido armoniosamente por el apartamento. Sus jóvenes padres bailan en el comedor.
No es más que un sueño. Seguramente el apartamento está abierto y saqueado, en aquella ciudad incivilizada. Sonríe pensando en las flores del sueño. Qué esfuerzo absurdo cultivar flores sólo para decorar.
Se levantan y recogen la mesa para dejar sitio a la familia de Pepe. Iris es una extranjera vivaracha, no tan hermosa como simpática.
Los padres de Iris son muy serios. Mientras que su hija habla castellano con fluidez, a ellos se les atraganta. Saben que son unos invitados allí, pero su altivez contrasta con el servilismo de la madre de Juan.
Pepe había conocido a Iris en la guerra, cada uno sirviendo con los ejércitos de sus respectivos países.
Era un alegre adolescente cuando Pepe se alistó en el ejército seducido por un patriotismo renacido, un salario fijo y la promesa de formación. Sus padres le animaron en esa decisión, porque todos pensaban en la guerra como una amenaza imposible.
Pero la guerra estalló.
Cuando quedó claro que el petróleo barato dejaría de fluir, la OTAN se movilizó. Querían el control de los recursos fósiles para los países del primer mundo. En algún momento, los gobernantes de occidente entendieron que luchaban por yacimientos casi agotados y que la misma guerra estaba agotando sus logros. Entonces abandonaron la guerra y enfocaron sus esfuerzos en los problemas domésticos.
Volvió a España del brazo de aquella muchacha pelirroja. Muchas cosas habían cambiado y sus padres habían muerto.
Pepe se mostraba taciturno y nunca miraba a los ojos.
Oficialmente fue una guerra contra potencias del hemisferio sur, pero Pepe no tenía otros recuerdos. Quería olvidar aquellos combates con gente hambrienta, gente armada con palos y piedras.
La familia miraba a Iris como una extraña, llegada de un país sin comida, que quería vivir de lo poco que tenían ellos. Pero la aceptaban porque Pepe la defendía en cada momento. Ella sonreía, como si pareciera no importarle aquella disputa. El caso es que día a día consiguió ganarse el respeto y afecto de todos. También aprendieron algo sobre Iris. La guerra había convertido a Pepe en una sombra de sí mismo, y solo aquella hiperactiva pelirroja podía devolver la vida y la humanidad a su rostro.
Era cierto que había hambre en el país de Iris. El clima había cambiado, y en unos países había frío, en otros sequía o en otros lluvias torrenciales. Algunos países aprovecharon bien sus recursos para vencer estas calamidades. Pero otros no tenían esos recursos, o si los tenían, no los administraban eficientemente y estaban sucumbiendo.
Un día Pepe les anunció que los padres de Iris vendrían a vivir con ellos. Ninguno de los demás parecía contento, y Antonio era el que lo decía en voz más alta.
Pepe se enfrentó con Antonio. Le echó en cara que actuaba como un patriarca en la familia, pero que la casa era de los dos. Antonio le dijo que fuera razonable, que eran tiempos difíciles para todos, le hizo ver que cuando Iris tuviera hijos serían ya demasiados en el apartamento. Pepe contestó con una extraña confesión: ellos nunca tendrían hijos. Antonio cedió y los padres de Iris fueron invitados a vivir con ellos.
No se arrepintieron. Aunque son ya mayores, serios, orgullosos y tienen dificultad con el idioma, se esfuerzan por no estorbar y se las apañan para conseguir comida.
Después del desayuno, Teresa friega los vasos, y Juan se asea en su dormitorio, con una palangana. Ambos utilizan una mínima cantidad de agua en estas tareas.
Vuelve al comedor y conecta la radio para escuchar las noticias. Siguen llamándole "la radio", pero el aparato no lo es en sí mismo. No recibe la señal por ondas de radio, sino a través de la línea telefónica. Hablar por teléfono, escuchar la radio o conectar un ordenador a la red, estas actividades no gastan mucha electricidad. Son servicios bastante costosos, pero muchas familias hacen un esfuerzo por conservar la capacidad de comunicarse con sus conocidos, informarse de las noticias del mundo y tener acceso a los contenidos de la red.
Sin embargo, la velocidad de transmisión de datos es relativamente baja, sólo suficiente para una línea de voz de baja calidad. Así que la televisión sólo está al alcance de los ricos que pueden pagar una mayor capacidad en su línea.
La voz surge del aparato en tono neutral, manteniendo la misma emoción en todas las noticias: Algunos científicos (los más optimistas) aseguran que los avances tecnológicos permitirán tener energía y alimentos a bajo coste en pocos años... Otros científicos (los más pesimistas) anuncian que pronto se derretirán y se liberarán inmensas cantidades de gases con efecto invernadero, atrapados en el suelo de Siberia y en los fondos marinos. De ser así, lo que queda de los polos se fundirá y el nivel del mar se elevará. Millones de personas se verán desplazadas… El Gobierno abandona el proyecto de luchar contra la sequía oscureciendo la atmósfera. Pretendían liberar toneladas de partículas que quedarían suspendidas en el aire. Los ensayos no han tenido éxito… Graves fugas radiactivas en cementerios nucleares… Autoridades locales estudian una nueva ley, según la cual será obligatorio instalar sistemas de reciclaje de aguas fecales en los edificios con más de 50 ocupantes… Prometedores avances en la tecnología de fusión nuclear…
Juan está hastiado de oír las noticias. Todos los días lo mismo. Total, si el mundo va para mejor, estupendo, y si va para peor, pues ya se las apañarían. Se las habían apañado bien durante décadas, y seguirían adelante.
Alguien sale del cuarto de baño, y Juan aprovecha su turno. Los turnos son importantes, porque sólo hay un váter en todo el apartamento. Sabe que alguien espera fuera, pero se lo toma con calma. Al tirar de la cadena el váter se queda con algo de espuma. El agua se recicla de la cocina y los aseos.
En la cocina las mujeres se afanan por recoger las cosas y preparar los almuerzos. La abuela Victoria entrega a Juan unas fiambreras de acero inoxidable, con comida para el día. Juan coge a su madre de las manos y le da un beso en la mejilla. Ella protesta ante esa demostración de afecto y él la sujeta bromeando.
Sin soltarla le dice que cuando ahorre algo de dinero le comprará una dentadura postiza. La abuela le mira seria y le contesta que guarde el dinero el dinero para cosas más necesarias. Juan la suelta pesaroso.
Victoria se vuelve a la cocina, continuando con su interminable retahíla: que si es muy mayor ya… que si es una carga… que cuando ella era joven el gobierno se encargaba del cuidado de los ancianos, pero ahora el gobierno está arruinado… que tiene ganas de morirse… Los demás continúan sus tareas sin prestar atención.
Conforme terminan el desayuno y el aseo, salen del apartamento. Todos van en bicicleta, excepto la abuela y los pequeños Arturo y Luisa.
Juan y su hijo Carlos son arrieros. Son los primeros en irse aquella mañana, a reunirse con su sobrino Pedro Antonio, que trabaja con ellos.
Antonio trabaja en los invernaderos, donde se cultiva fruta y verdura.
Pepe había aprendido a reparar máquinas en el ejército. Trabaja en tareas de mantenimiento en una desaladora de agua marina. Su mujer Iris trabaja en la escuela, dando clases de matemáticas.
Los padres de Iris habían encontrado trabajo en el puerto. Ella cuenta las cajas de pescado que llegan de la piscifactoría y él trabaja como capataz.
La abuela Victoria lleva a los pequeños al colegio y más tarde volverá para ayudar en las tareas domésticas.
Teresa y Claudia, las esposas de Juan y Antonio, van al mercado a comprar comida para la cena y el día siguiente y a la lavandería. Cuando vuelvan a casa la limpiarán y pondrán en orden. A veces participan en las tareas de mantenimiento del edificio: cambiar cables quemados, reparar conductos de aire, etc.
El edificio es antiguo, pero mediante un sistema de cristaleras, conductos y chimeneas añadido, se consiguen corrientes de aire caliente o fresco para aclimatar los apartamentos.
Casi todos los edificios de la ciudad cuentan con artilugios similares. Vistos desde el exterior, lucen parches y tubos por todas partes, e invernaderos y colectores solares en tejados y terrazas. Los edificios más antiguos y deteriorados tienen refuerzos en su estructura. Los barrios antiguos de las ciudades tienen un aspecto extraño y desordenado.
Los edificios en los barrios nuevos de construcción más reciente eran más armoniosos. Pero se construyen muy poco en estos días.
Juan y Carlos pedalean en sus bicicletas unos seis kilómetros, en dirección opuesta al mar. Llegan a una finca, donde tienen alquilado un recinto en una nave. Tras aquella puerta se encuentran los bienes más valiosos que Juan posee.
Abre la puerta y cuatro lustrosos bueyes le miran con ojos bobalicones. Rumian interminablemente las algas secas que les dan de comer. Al fondo hay un carro con cuatro ruedas y caja de aluminio. Está cargado de leña, en forma de troncos finos y rectos, bien empacados y apilados. Los neumáticos están alarmantemente desgastados.
Pedro Antonio sale a su encuentro. Los hombres de la familia se turnan una noche cada uno para dormir con los animales y cuidar que nada les ocurra.
El muchacho tose y tiene los ojos brillantes. Ha cogido frío la noche anterior.
Los tres trabajan para sacar el carro y atar a los cuatro animales.
Juan está preocupado por Pedro Antonio. El muchacho es delicado de salud.
Veinte años atrás, Antonio y Claudia habían perdido una niña. Probablemente su sobrino no tiene más que un resfriado, pero el trabajo de arriero es duro y Juan no quiere que el muchacho empeore.
Le dice que se vaya a casa a guardar la cama. El muchacho es trabajador y no quiere irse. Juan le amenaza que si enferma tendrán que gastar un dineral en médicos y medicinas. A regañadientes, el muchacho coge su bicicleta y vuelve a casa.
La amenaza no es una exageración. La sanidad pública tiene pocos recursos y no funciona bien. En los centros de salud hay poco personal y atienden principalmente a los accidentados y enfermos muy graves. El resto de los enfermos recibe mejor atención en consultas privadas. También las medicinas resultan costosas, y a veces hay que buscarlas en el mercado negro.
Juan y Carlos cuelgan sus bicicletas en el carro y lo encaminan por donde han venido, en dirección al mar.
El puerto es un bullicio constante de gente a esta hora. Quedan pocos pescadores tradicionales, pero el tráfico de mercancías es intenso. La explotación del mar con fines alimenticios es todo un éxito, a pesar de que la productividad es mayor en las costas Atlánticas que en las del Mediterráneo, por la contaminación de este mar. Kilómetros de piscifactorías, granjas de krill y algas, se extienden por todas las costas habitadas.
Los recursos marinos son los caballos de batalla contra la sequía. Por eso los habitantes de las tierras del interior han emigrado en masa hacia las costas.
Algunos de los barcos que traen los frutos de las piscifactorías emplean leña para propulsarse, como los antiguos barcos de carbón. Estos barcos aprovechan hasta la última mota de madera para obtener calor, movimiento y electricidad. Incluso la ceniza sirve de abono en las granjas de algas.
Juan tiene un contrato para traer madera al puerto y llevar algas a las ganaderías en las montañas. Así que, como cada mañana, le descargan la leña y le cargan en el carro unos enormes sacos de algas, y dejan el puerto para volver a su ruta. En el camino no van subidos al carro, sino junto a los bueyes, para aliviar a los pobres brutos, que sufrirán bastante en algunas subidas.
Después de unos kilómetros de camino, ya están fuera de la ciudad, y llegan a los barrios de chabolas. Son gentes menos afortunadas, que han tenido que ingeniar techos para guarecerse. Muchos de ellos trabajan tan dignamente como Juan y sus familiares, y sus hijos van a la escuela, pero no han conseguido una casa de verdad. Algunas chabolas están mal construidas y parecen a punto de derrumbarse. En cambio otras son sólidas y su aspecto no es nada provisional.
Dejan atrás los barrios de chabolas y durante varios kilómetros, lo único que ven a ambos lados del camino son invernaderos de cristal.
Juan conoce a muchos de estos agricultores. Tiempo atrás, cuando Juan empezó a trabajar como arriero tenía un carro más pequeño, sólo con dos bueyes, y llevaba frutas y verduras de los invernaderos a los mercados de varios pueblos.
Todavía en la zona de los invernaderos, Carlos descubre que tienen un pinchazo. Las ruedas están viejas y gastadas, y casi todas las semanas tenían algún pinchazo. Juan comprueba aliviado que la rueda no ha reventado y tiene arreglo. De todas formas, para arreglarlo echarán de menos la ayuda de su sobrino.
Las carreteras se construyeron muchos años atrás, y no reciben mantenimiento. Así que hay ondulaciones, grietas, socavones y hundimientos.
Reparar la rueda y volver a inflarla les llevará más de una hora. Saca la rueda, desmonta el neumático y le pega un parche. El pegamento tardará en secarse, así que aprovechan el rato para comer. Los bueyes también comen de unos sacos que Carlos les cuelga de la yunta.
Una de las fiambreras metálicas está llena de una crema de krill. Sacan una especie de paraguas del carro, lo abren y el interior está cubierto de láminas pulidas. Con este paraguas de espejo, concentran los rayos de sol hacia la fiambrera, dispuesta sobre un trípode.
Quince minutos después, la crema de krill ya está caliente. La comen con pan de algas y galletas de sorgo. De postre tienen una pieza de fruta, cultivada en invernadero.
Sentados junto al camino ven pasar otros carros, tirados por bueyes, caballos o asnos. Algunos carros están hechos de bambú. También pasan algunos pocos camiones, y son más rápidos que los carros.
Juan mira los camiones, con una mezcla de curiosidad y preocupación.
Con el agotamiento del petróleo se recurrió de nuevo a los animales para el transporte. El oficio de arriero se hizo popular. Transportar mercancías con vehículos motorizados se volvió absurdamente costoso. Incluso el transporte de personas era complicado y caro.
Cuando los padres de Iris vinieron para vivir con ellos, el viaje desde su país fue largo, lleno de dificultades y les costó la mitad de sus ahorros.
Ya nadie viaja en avión, sólo en tren o autobús. Los pocos aviones que siguen en uso los tiene el ejército.
El petróleo no ha desaparecido totalmente, pero es muy escaso. Se realizó un tremendo esfuerzo en busca de alternativas. El etanol era un buen sustituto para la gasolina, pero el proceso químico para producirlo consume madera y mucha agua. En tiempo de sequía no resultó la opción adecuada.
El aceite vegetal podía sustituir al gasóleo, así que se plantaron grandes monocultivos de plantas oleaginosas. Con el tiempo esos cultivos sucumbieron a la sequía o fueron desplazados, bien por invernaderos o por otros cultivos más eficientes.
Muchos motores de gasolina fueron adaptados para usar gas como combustible. Casi agotado el petróleo, el gas palió la falta de energía durante años. Cuando se agotó el gas fósil, se aprovecharon los excrementos del ganado y otros restos orgánicos para obtener gas.
Se dio un nuevo impulso al carbón, el combustible que facilitó la revolución industrial. Aunque resultaba poco rentable transportarlo de las minas a las fábricas y centrales térmicas.
Ya en esta era, el hidrógeno se está convirtiendo en una alternativa a los combustibles tradicionales. La energía, conseguida de orígenes tan diversos como el sol, el viento, el mar o los cultivos energéticos, ya no resulta tan escasa. Puede emplearse para fabricar hidrógeno, un combustible con un precio elevado, pero no ya astronómico.
Juan teme quedarse obsoleto con su carro de bueyes. Pero de alguna forma se siente optimista. Ha conseguido ahorrar algún dinero y quizá algún día le alcance para comprar un camión nuevo. Quizá llegará el tiempo de vender los bueyes, o de comérselos.
Entonces despierta de sus ensoñaciones, llama a Carlos y continúan su camino.
Llegan a las naves dedicadas a ganadería. Juan ha estado dentro alguna vez. Allí viven hacinadas con precisión industrial miles de gallinas y cientos de vacas. Las algas que llevan en su carro son para alimentar estos animales.
Por la zona también hay naves con ganado porcino, pero son pocas. Los cerdos necesitan una alimentación más rica, como sorgo o krill. El ganado vacuno consume grandes cantidades de algas, pero aún así, su alimentación resulta menos costosa.
Con ayuda de grúas, descargan los sacos de algas del carro y lo vuelven a cargar con sacos de estiércol. Antes de volver a la carretera, Juan dice a su hijo que puede irse a la escuela.
Las clases en la escuela se reparten en tres turnos. Por la mañana temprano asisten los niños pequeños. A esa hora la mayoría de los adolescentes trabajan, bien ayudando a sus padres, o con sus propios empleos. Las jornadas laborales para los adolescentes son más cortas, lo que les permite asistir a clase en el segundo turno, por las tardes, y tener aún unas horas de ocio después de clase. El tercer turno se imparte cuando ya está oscuro. Son clases de formación especializada, para mecánicos, granjeros, encargados de mantenimiento, y todo tipo de profesionales.
Se aprovechan las mismas aulas, e incluso muchos profesores dan clase en varios turnos.
Normalmente, su sobrino Pedro Antonio (que ya ha completado sus estudios) hace la ruta con ellos, y Carlos se va a la escuela por las tardes. Pero como hoy no les acompaña, Carlos no quiere dejar solo a su padre. De todas formas, Juan insiste. Ya han tenido un pinchazo y sería demasiada mala suerte tener otro el mismo día. A regañadientes, Carlos monta en su bicicleta y se marcha.
Juan continúa su camino de espaldas al mar. Deja atrás las naves de ganadería y cruza kilómetros de campos cultivados, enormes extensiones de monocultivos.
Tanto los monocultivos como los invernaderos dependen del agua desalada que se bombea desde la costa.
Según la calidad del terreno o la cantidad de agua disponible los cultivos varían. Algunas plantaciones son de sorgo, un cereal africano resistente al tiempo seco. Hay variedades para uso alimentario o para uso energético. Las zonas más lejanas, donde llega poco agua, están plantadas con cardos, también para uso energético.
Las charcas, lagos o pantanos que resisten a la sequía, han sido infestados con lirios de agua. Estas plantas invaden y alteran el ecosistema original, pero crecen muy rápido. Así que se recogen, se secan y se queman para producir electricidad.
Más al interior, en las montañas, se yerguen enormes y grises generadores eólicos. La sequía llegó con vientos fuertes, y se construyeron los aerogeneradores con la esperanza de obtener abundante energía. Sin embargo, los vientos son tan fuertes como variables, y los inmensos molinos no generan tanta electricidad como se esperaba.
Después de los discretos resultados conseguidos con el viento, se intentó extraer energía de las olas y las mareas. Tampoco los resultados fueron brillantes.
La energía solar sí se emplea masivamente, en muchos ámbitos. A nivel doméstico e industrial, produce agua caliente y electricidad. El inconveniente está en su dependencia del sol. No hay sistemas eficientes para acumular la electricidad que sobra en verano para utilizarla en invierno.
Las desaladoras de agua sí utilizan principalmente la energía solar, puesto que coincide que la demanda de agua y la radiación solar tienen una relación directa. Cuando crece o decrece la radiación, la demanda de agua crece o decrece de forma similar.
Por el contrario, con los cultivos energéticos se ha tenido más éxito. Requieren muchos esfuerzos, recursos y mano de obra, pero la producción es regular y confiable. Llenan todos los huecos que dejan las demás fuentes de energía.
Detrás de esas montañas, donde se acaban los cultivos porque no alcanzan los bombeos de agua desalada, el terreno se vuelve árido. Inmensas extensiones que eran fértiles medio siglo atrás se desertizan metro a metro.
Por fin, Juan llega a su parada más remota, una plantación de paulownias. Estos árboles delgados y altos, de hojas grandes, proporcionan leña de buena calidad.
Suelta a los bueyes durante un rato, para que puedan descansar y comer algo de hierba fresca que brota junto a los árboles. Mientras tanto, ayuda a los agricultores a descargar el carro de estiércol y a volver a cargarlo con leña.
Mientras los bueyes pastan, se escabulle siguiendo un pliegue del terreno que conoce bien. Está algo escondido y Juan tiene puestas unas trampas. Hoy están vacías, pero otras veces hay pajaritos o ratones. Algunas pocas veces, incluso un conejo. Son ilegales y están muy perseguidas. Sin embargo, si un guardia sorprendiera a Juan, probablemente le rompería las trampas, se quedaría con las presas y le daría un par de guantazos. Pero no le multarían ni le perjudicarían de otra forma, como harían con un delincuente común, porque las trampas las ponen quien busca algo para llevarse a la boca.
El viaje de vuelta es tranquilo. Los bueyes luchan con el carro, que les empuja en las cuestas abajo, aunque el esfuerzo es menor que el que hicieron para subirlas. Juan está cansado por la larga caminata, pero satisfecho por el día de trabajo y por el salario bien ganado con el intercambio de mercancías.
Llega al recinto que tiene alquilado y obliga a los cansados bueyes a entrar el carro, marchando hacia atrás. Una vez dentro, los suelta y les da de comer.
Se tumba sobre un saco de algas a descansar un rato. Está adormilado y fuera ha oscurecido. Al rato llega su hijo Carlos. Esta noche es el turno de su hijo para quedarse allí a dormir. Todavía de buen humor, Juan pedalea en su bicicleta hacia el apartamento.
Ya en el hogar, se le ensombrece el ánimo. Las mujeres están protestando porque el horno microondas está averiado. Antonio, que no quiere gastar dinero en arreglarlo, mira a ver si funcionaba o no, y concluye que las mujeres exageran. Ellas le increpan, que si pasara todo el día en la cocina como ellas, sabría si funcionaba.
Juan no quiere participar en la discusión y se encierra en el baño. Se enjabona y lava todo su cuerpo con una esponja, sin gastar más agua que una palangana.
Cuando sale del baño, los ánimos se han calmado. Se sienta a cenar, y su esposa le acompaña. Ha llegado un poco tarde y los demás ya han cenado. El plato es un guiso de pescado con verduras. Teresa dice que no ha salido muy bueno porque el dichoso microondas no va bien. Juan le interrumpe afirmando que le sabe a gloria.
Pedro Antonio está sentado en un sofá, cubierto por una manta y tosiendo de vez en cuando. Asegura que mañana se encontrará mejor.
Después de cenar, le apetece usar un rato el ordenador. Tienen dos ordenadores en casa. Un viejo portátil, que nadie quiere porque funciona bastante mal y otro más moderno, aunque menos potente. El segundo había sido diseñado para ser más robusto y sencillo que los antiguos, y para gastar menos energía. La pantalla es pequeña, pero suficiente.
Los niños lo utilizan en sus estudios, pero a esta hora han terminado con sus deberes y están jugando. Juan tiene que emplear sus privilegios de adulto para que le dejen el ordenador. Los niños protestan, pero ceden impotentes.
Entonces se conecta a la red para leer las noticias. Después visita un foro de arrieros y de otros oficios. Encuentra consejos para evitar pinchazos, prolongar la vida de los rodamientos de los carros y cosas así. Finalmente busca el precio de un camión de hidrógeno. Está fuera de su alcance… pero quizá podría ahorrar más o pedir dinero prestado a Pepe. Mientras tanto, sus bueyes le seguirán sirviendo fielmente.
Teresa va a decirle que es tarde, que se acueste. El le hace caso, apaga el ordenador y se va con ella. En la misma habitación duermen con los niños, que ya están acostados. Está cansado y tiene sueño, pero una vez en la cama, ella se pone a charlar. No se han visto en todo el día y quiere contarle cosas.
Esa mañana Teresa ha ido a la lavandería. Lo hace varias veces a la semana, porque no está permitido lavar la ropa en casa. Su esposa está disgustada porque los dueños son unos groseros y la ropa no queda del todo limpia. Hay otras lavanderías, pero le resulta pesado ir tan lejos. Juan sabe que ella necesita desahogarse, lucha contra el sueño, la escucha con paciencia y le da la razón.
Cuando ella decide dormirse, él se ha desvelado. Piensa en sus hijos, y piensa en la niña que su hermano perdió. Son tiempos difíciles, pero se las apañan para seguir adelante.
A pesar de todas sus preocupaciones, se relaja escuchando la respiración regular de su mujer y sus hijos. Se siente confortado por un cálido optimismo y poco a poco le vence el sueño.